Nuestra Señora de París

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Pese a la confusión, tras el primer golpe de vista se podía distinguir en esa multitud tres grupos principales, apiñados alrededor de tres personajes que el lector ya conoce. Uno de estos personajes, extrañamente ataviado con abundancia de oropeles orientales, era Mathias Hungadi Spicali, duque de Egipto y de Bohemia. El tunante estaba sentado encima de una mesa, con las piernas cruzadas y un dedo levantado, y distribuía en voz alta sus conocimientos de magia blanca y negra a cuantos semblantes boquiabiertos lo rodeaban.

Otro corro se agolpaba en torno a nuestro antiguo amigo, el valiente rey de Thunes, armado hasta los dientes. Clopin Trouillefou, con cara muy seria y en voz baja, organizaba el pillaje de un enorme tonel lleno de armas que tenía delante, ya medio reventado y del que rebosaban hachas, espadas, bacinetes, cotas de malla, puntas de lanza y de azagaya, saetas y viratones, como manzanas y uvas de un cuerno de la abundancia. Todos cogían del montón, uno un morrión, otro un estoque, otro una misericordia con empuñadura en cruz. Los propios niños se armaban, y había hasta lisiados sin piernas que, protegidos con bardas y corazas, pasaban entre las piernas de los bebedores como grandes escarabajos.



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