Nuestra Señora de París

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Por último, un tercer auditorio, el más ruidoso, el más jovial y el más numeroso, atestaba los bancos y las mesas en medio de los cuales peroraba y renegaba una voz aflautada que salía de debajo de una pesada armadura completa, del casco a las espuelas. El individuo que se había atornillado una panoplia al cuerpo desaparecía hasta tal punto bajo la vestidura de guerra que solo se veía de su persona una nariz descarada, roja y respingona, un mechón de pelo rubio, una boca rosada y unos ojos intrépidos. Llevaba el cinturón lleno de dagas y puñales y una gran espada en el costado, una ballesta oxidada estaba a su izquierda y una gran jarra de vino ante él, sin contar, a su derecha, a una rolliza muchacha despechugada. A su alrededor, todas las bocas reían, blasfemaban y bebían.

Añádanse veinte grupos secundarios, camareras y camareros corriendo de un lado a otro con jarras en la cabeza, jugadores inclinados sobre bolas, fichas, dados y tableros, discusiones en un rincón, besos en otro, y se tendrá una ligera idea de aquel conjunto sobre el que vacilaba la claridad de un gran fuego llameante que hacía danzar en las paredes de la taberna mil sombras desmesuradas y grotescas.

En cuanto al ruido, era el interior de una campana echada a vuelo.


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