Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La grasera, donde crepitaba una lluvia de grasa, llenaba con su chisporroteo continuo los intervalos de esos mil diálogos que se entrecruzaban de un lado a otro de la sala.
HabÃa en medio de todo aquel estruendo, al fondo de la taberna, en el banco interior de la chimenea, un filósofo que meditaba, con los pies en las cenizas y los ojos puestos en los tizones. Era Pierre Gringoire.
—¡Vamos, rápido! ¡Démonos prisa! ¡Armaos! ¡Dentro de una hora nos ponemos en marcha! —decÃa Clopin Trouillefou a sus argoteros.
Una muchacha canturreaba:
Buenas noches, padre y madre.
El último que apague el fuego.
Dos jugadores de cartas discutÃan.
—¡Valet! —gritaba el más congestionado de los dos, amenazando con el puño al otro—. Voy a marcarte con tréboles. Podrás hacer de Mistigri[129] en el juego de cartas de monseñor el rey.
—¡Uf! —gritaba un normando, reconocible por su modo de hablar gangoso—. Aquà estamos más apretujados que los santos de Caillouville.