Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —«Por haber reparado en el palacio de las Tournelles seis paneles de vidrio blanco, en el lugar donde está la jaula de hierro, trece sueldos… Por haber hecho y entregado, por orden del rey, el dÃa de feria, cuatro escudos con las armas de dicho señor, seis libras… Por dos mangas nuevas para el viejo jubón del rey, veinte sueldos… Por una caja de grasa para engrasar las botas del rey, quince dineros… Un establo nuevo para los cochinillos negros del rey, treinta libras parisienses… Varios tabiques, tablas y trampillas para encerrar a los leones de Saint-Paul, veintidós libras.»
—¡Sà que son caros esos animales! —dijo Luis XI—. ¡No importa! Es una magnificencia digna de un rey. Hay un gran león rojizo que me gusta por su nobleza… ¿Lo habéis visto, maese Guillaume…? Los prÃncipes deben tener esta clase de animales mirÃficos. Para nosotros, los reyes, los perros deben ser leones, y los gatos, tigres. Lo grande les va a las coronas. En la época de los paganos de Júpiter, cuando el pueblo ofrecÃa a las iglesias cien bueyes y cien ovejas, los emperadores daban cien leones y cien águilas. Aquello era feroz y muy hermoso. Los reyes de Francia siempre han tenido rugidos alrededor de su trono. No obstante, se me reconocerá que gasto menos dinero que ellos en esto y que soy mucho más modesto en el número de leones, osos, elefantes y leopardos… Adelante, maese Olivier. QuerÃamos decirles esto a nuestros amigos los flamencos.