Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Ese extraño acompañamiento, que hacía difícil seguir la representación, indignaba tanto más a Gringoire cuanto que no podía ocultarse que el interés iba en aumento y que lo único que necesitaba su obra era ser oída. Resultaba difícil imaginar, en efecto, una composición más ingeniosa y dramática. Los cuatro personajes del prólogo, metidos en su mortal apuro, se lamentaban, cuando de pronto Venus en persona, vera incessu patuit dea,[19] se había presentado ante ellos luciendo una espléndida cotardía blasonada con el bajel de la ciudad de París. Venía a reclamar al delfín prometido a la más bella. Júpiter, cuyos truenos se oían retumbar en el vestuario, la apoyaba, y la diosa iba a salirse con la suya, es decir, prescindiendo de simbolismos, a casarse con el señor delfín, cuando una niña vestida de damasco blanco y con una margarita en la mano (diáfana personificación de la doncella de Flandes), se había presentado para luchar con Venus. Golpe de efecto y peripecia. Tras una controversia, Venus, Margarita y los demás habían acordado someterse al buen juicio de la santísima Virgen. Había otro personaje atractivo, el de don Pedro, rey de Mesopotamia; pero, con tantas interrupciones, resultaba difícil entender qué pintaba allí. Todos habían subido por la escalera de mano.



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