Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Pero la cosa ya no tenía arreglo. Ninguno de estos atractivos de la obra era oído ni entendido. Se habría dicho que, al entrar el cardenal, un hilo invisible y mágico había tirado de todas las miradas desde la mesa de mármol hasta el estrado, desde el extremo meridional de la sala hasta el lado occidental. Nada podía deshacer el hechizo al que se hallaba sometida la audiencia. Todos los ojos seguían clavados allí, y los recién llegados, sus malditos nombres, sus rostros y sus ropajes eran una diversión continua. Era desolador. Salvo Gisquette y Liénarde, que se volvían de tanto en tanto cuando Gringoire les tiraba de la manga, salvo el hombre orondo y paciente que estaba a su lado, nadie escuchaba, nadie miraba de frente la pobre moralidad abandonada. Gringoire solo veía perfiles.
¡Con cuánta amargura veía derrumbarse pieza a pieza todo su andamiaje de gloria y de poesía! ¡Y pensar que aquel pueblo, impaciente por escuchar su obra, había estado a punto de rebelarse contra el señor baile! ¡Y ahora que lo había conseguido, no le hacía ni caso! ¡Una representación que había comenzado con tan unánime aclamación! ¡Eterno flujo y reflujo del fervor popular! ¡Y pensar que habían estado a punto de colgar a los alguaciles del baile! ¡Qué no habría dado él por hallarse todavía en esos dulces momentos!