Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Con todo, el brutal monólogo del ujier cesó. Todo el mundo había llegado, y Gringoire respiró. Los actores continuaban valientemente. Mas hete aquí que maese Coppenole, el calcetero, se levanta de pronto y Gringoire le oye pronunciar, en medio de la atención universal, esta abominable arenga: