Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París —¡Señores burgueses e hidalgos de París, no sé qué hacemos aquí, voto a Dios! Veo allá, en aquella esquina, en aquel tablado, a unas personas que parece que quieren pegarse. Ignoro si es eso lo que vosotros llamáis un «misterio», pero no tiene nada de divertido. ¡Pelean con la palabra y nada más! Hace un cuarto de hora que espero el primer golpe, pero no llega. Son unos cobardes que solo se hieren con insultos. Tendrían que haber hecho venir a luchadores de Londres o de Rotterdam, ¡eso habría sido magnífico! Habríais visto puñetazos que se habrían oído desde la plaza. Pero estos dan pena. ¡Deberían ofrecernos al menos una danza mora o alguna otra mojiganga! Esto no es lo que me habían dicho a mí. Me habían prometido una fiesta de locos, con elección de papa incluida. Nosotros también tenemos nuestro papa de los locos en Gante, y en eso, ¡voto a Dios!, no nos quedamos atrás. Pero voy a contaros cómo lo hacemos. Nos reunimos un buen gentío, como aquí. Luego, por turno, cada uno va a meter la cabeza por un agujero y hace una mueca a los demás. El que hace la mueca más fea es elegido papa por aclamación unánime. Así es como lo hacemos, y es muy divertido. ¿Queréis que elijamos a vuestro papa a la manera de mi país? Siempre será menos pesado que escuchar a esos charlatanes. Y si también ellos quieren venir a hacer una mueca, participarán en el juego. ¿Qué me decís, señores burgueses? Hay aquí una muestra suficientemente grotesca de los dos sexos para reírnos a la flamenca, y bastantes caras feas para esperar una bonita mueca.