Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Gringoire hubiera querido contestar, pero el estupor, la cólera y la indignación lo dejaron sin habla. Por lo demás, la propuesta del popular calcetero fue acogida con tal entusiasmo por aquellos burgueses, halagados por que los llamaran «hidalgos», que toda resistencia era inútil. No había más remedio que dejarse arrastrar por la corriente. Gringoire se tapó la cara con las manos, dado que no tenía la fortuna de disponer de un manto para taparse, como el Agamenón de Timantes, la cabeza entera.