Nuestra Señora de París

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No es, sin embargo, el 6 de enero de 1482 un día del que la historia haya guardado recuerdo. Nada destacable sucedió para que se pusieran en movimiento de buena mañana las campanas y los burgueses de París. No se trataba ni de un ataque de picardos o de borgoñones, ni de un relicario sacado en procesión, ni de una revuelta de estudiantes en la viña de Laas, ni de la entrada del «llamado nuestro muy temido señor el rey», ni siquiera de una buena ejecución de ladrones y ladronas en la justicia[1] de París. No era tampoco la llegada inesperada, tan frecuente en el siglo XV, de alguna embajada engalanada y empenachada. Hacía apenas dos días que la última cabalgata de esa clase, la de los embajadores flamencos encargados de concertar la boda entre el delfín y Margarita de Flandes, había hecho su entrada en París, cosa que había fastidiado sobremanera al cardenal de Borbón, el cual, para complacer al rey, había tenido que poner buena cara a todo ese tropel de burgomaestres flamencos y obsequiarlos, en su palacete de Borbón, con una «muy bella moralidad, sotía[2] y farsa», mientras una intensa lluvia empapaba en su puerta sus magníficos tapices.

Lo que el 6 de enero «ponía en efervescencia a todo el pueblo de París», como dice Jehan de Troyes, era la doble celebración, reunida desde tiempos inmemoriales, del día de Reyes y la fiesta de los locos.


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