Nuestra Señora de París

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Ese día tenía que haber hoguera en la Grève, plantación de mayo en la capilla de Braque y misterio en el Palacio de Justicia. El anuncio había sido hecho el día anterior en los cruces, a toque de corneta, por los hombres del preboste luciendo casacas de camelote violeta con una gran cruz blanca en el pecho.

Así pues, la multitud de burgueses y burguesas afluía de todas partes desde buena mañana, dejando cerrados casas y comercios, hacia uno de los lugares mencionados. Cada uno había optado por una cosa, bien la hoguera, bien el mayo, o bien el misterio. Preciso es decir, en elogio del tradicional sentido común de los curiosos de París, que la mayor parte de esa multitud se dirigía hacia la hoguera, muy apropiada para la estación, o hacia el misterio, que debía ser representado en la Gran Sala del palacio, bien cubierta y cerrada, y que los curiosos coincidían en dejar al pobre mayo mal florido tiritar completamente solo bajo el cielo de enero en el cementerio de la capilla de Braque.

El pueblo acudía sobre todo a las avenidas del Palacio de Justicia, porque sabía que los embajadores flamencos, llegados dos días antes, se proponían asistir a la representación del misterio y a la elección del papa de los locos, la cual debía hacerse asimismo en la Gran Sala.


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