Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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No era cosa fácil entrar ese día en dicha sala, pese a tener fama en aquel entonces de ser el mayor recinto cubierto de todo el mundo. (Cierto es que Sauval aún no había medido la Gran Sala del castillo de Montargis.) La plaza del palacio, abarrotada de gente, ofrecía a los curiosos asomados a las ventanas el aspecto de un mar al que cinco o seis calles, a la manera de ríos llegando a su desembocadura, vertían a cada instante raudales de cabezas. Las ondas de esa multitud, incrementadas sin cesar, chocaban contra las esquinas de las casas que sobresalían en diferentes puntos, como promontorios, en la cuenca irregular de la plaza. En el centro de la alta fachada gótica[3] del palacio, la gran escalera, subida y bajada sin descanso por una doble corriente que, tras haberse interrumpido bajo el rellano intermedio, se desparramaba en anchas olas por sus dos pendientes laterales, la gran escalera, digo, chorreaba incesantemente sobre la plaza como una cascada en un lago. Los gritos, las risas y las pisadas de aquellos miles de pies producían un inmenso ruido y un inmenso clamor. De cuando en cuando, el ruido y el clamor aumentaban, la corriente que empujaba a toda esa multitud hacia la gran escalera retrocedía, se agitaba, se arremolinaba. La causa era un empellón de un arquero, o el caballo de un alguacil del prebostazgo que coceaba para restablecer el orden; admirable tradición que el prebostazgo legó a la condestablía, la condestablía a la mariscalía, y la mariscalía a nuestra gendarmería de París.


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