Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs En las puertas, en las ventanas, en las claraboyas y en los tejados pululaban miles de rostros burgueses, tranquilos y honrados, que miraban el palacio y miraban la turba sin pedir nada más; pues en ParÃs muchas personas se conforman con el espectáculo de los espectadores, y una muralla tras la cual sucede algo ya es, para nosotros, una cosa muy curiosa.
Si pudiera sernos dado a los hombres de 1830 mezclarnos en la imaginación con estos parisienses del siglo XV y entrar con ellos, tironeados, codeados, derribados, en esa inmensa sala del palacio, tan estrecha el 6 de enero de 1482, el espectáculo no carecerÃa ni de interés ni de encanto, y solo tendrÃamos a nuestro alrededor cosas tan viejas que nos parecerÃan totalmente nuevas.
Si el lector accede a ello, intentaremos imaginar la impresión que habrÃa experimentado cruzando con nosotros el umbral de aquella Gran Sala, en medio de aquella turba vestida con corpiño, casaca y cotardÃa.