Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Para empezar, zumbido en los oídos y deslumbramiento en los ojos. Sobre nuestras cabezas, una doble bóveda ojival revestida de esculturas de madera, pintada de azul con flores de lis doradas; bajo nuestros pies, un pavimento de mármol alternativamente blanco y negro. A unos pasos de nosotros, un enorme pilar, y después otro, y otro más; en total siete pilares a lo largo de la sala, sosteniendo en el centro de su anchura los arranques de la doble bóveda. Alrededor de los cuatro primeros pilares, tiendas deslumbrantes de cristal y oropeles; alrededor de los tres últimos, bancos de madera de roble, gastados y pulidos por las calzas de los litigantes y las togas de los procuradores. En torno a la sala, a lo largo de la alta muralla, entre las puertas, entre las ventanas, entre los pilares, la interminable hilera de estatuas de todos los reyes de Francia desde Faramundo; los reyes holgazanes, con los brazos caídos y la mirada gacha; los reyes valerosos y batalladores, con la cabeza y las manos intrépidamente alzadas hacia el cielo. Además, en las largas ventanas ojivales, vidrieras multicolores; en las amplias salidas de la sala, magníficas puertas finamente talladas; y el conjunto, bóvedas, pilares, muros, chambranas, artesonados, puertas y estatuas, recubierto de arriba abajo de una espléndida iluminación azul y dorada que, un poco apagada ya en la época en que nosotros la vemos, había desaparecido casi por completo bajo el polvo y las telarañas en el año de gracia de 1549, en que Du Breul todavía la admiraba por tradición.