Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Coppenole, desde su sitio, ordenaba, dirigía y organizaba todo. En plena barahúnda, el cardenal, tan desconcertado como Gringoire, so pretexto de supuestos quehaceres y vísperas, se había retirado con todo su séquito sin que aquella muchedumbre, a la que su llegada había agitado tan vivamente, se conmoviera lo más mínimo por su partida. Guillaume Rym fue el único en advertir el aturullamiento de su eminencia. La atención popular, al igual que el sol, proseguía su revolución; había partido de un extremo de la sala y, tras haberse detenido un rato en el centro, se hallaba ahora en el otro extremo. La mesa de mármol y el estrado de brocado habían tenido su momento; ahora le tocaba el turno a la capilla de Luis XI. Libre estaba ya la pista para toda suerte de locuras. Solo quedaban flamencos y chusma.