Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Empezaron las muecas. La primera cara que apareció en la lucera, con los párpados enrojecidos, la boca ferozmente abierta y la frente tan arrugada como nuestras botas de estilo húsar del imperio, provocó unas risas tan inextinguibles que Homero habría tomado a todos aquellos villanos por dioses. Sin embargo, la Gran Sala era cualquier cosa menos el Olimpo, y el pobre Júpiter de Gringoire lo sabía mejor que nadie. Una segunda mueca y una tercera siguieron, luego otra, luego otra más, y las risas y los brincos de alegría no paraban de ir en aumento. Había en ese espectáculo un extraño vértigo, un extraño poder embriagador y de fascinación que resultaría difícil transmitir al lector de nuestros días y de nuestros salones. Imagínense los lectores una serie de rostros que presentaran sucesivamente todas las formas geométricas, desde el triángulo hasta el trapecio, desde el cono hasta el poliedro; todas las expresiones humanas, desde la cólera hasta la lujuria; todas las edades, desde las arrugas del recién nacido hasta las arrugas de la vieja moribunda; todas las fantasmagorías religiosas, desde Fauno hasta Belcebú; todos los perfiles animales, desde las fauces hasta el pico, desde el morro hasta el hocico. Represéntense todos los mascarones del Pont-Neuf, esas pesadillas petrificadas por la mano de Germain Pilon, cobrando vida y aliento y acercándose uno a uno para mirarles a la cara con ojos ardientes; todas las máscaras del carnaval de Venecia sucediéndose ante sus anteojos; en una palabra, un caleidoscopio humano.