Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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La orgía adquiría cada vez más tintes flamencos. El propio Teniers no podría sino dar una muy imperfecta idea. Imagínense la batalla de Salvator Rosa en bacanal.[20] Ya no había allí ni estudiantes, ni embajadores, ni burgueses, ni hombres, ni mujeres; ni un Clopin Trouillefou, un Gilles Lecornu, una Marie Quatrelivres o un Robin Poussepain. Todo desaparecía en la licencia común. La Gran Sala se había convertido en un vasto horno de desvergüenza y jovialidad donde cada boca era un grito, cada cara una mueca, cada individuo una postura. Todo gritaba y vociferaba. Los extraños rostros que iban por turnos a hacer rechinar los dientes en el rosetón eran como teas arrojadas al fuego. Y de toda esa muchedumbre efervescente escapaba, como el vapor del horno, un rumor áspero, agudo, acerado, silbante como las alas de un moscardón.

—¡Ah! ¡Maldición!

—¡Mira esa cara!

—No vale nada.

—¡Otra! ¡Otra!

—¡Guillemette Maugerepuis, mira ese morro de toro! Solo le faltan los cuernos, así que no es tu marido.

—¡Otra!

—¡Por la barriga del papa! ¿Qué mueca es esa?


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