Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Hola, hola! ¡Eso es trampa! ¡Solo hay que enseñar la cara!
—¡Esa maldita Perrette Callebotte! ¡Es muy capaz de eso!
—¡Bravo! ¡Bravo!
—¡Ay, que me ahogo!
—¡Ese no puede meter las orejas por el agujero!
Etcétera, etcétera.
Preciso es hacer justicia, sin embargo, a nuestro amigo Jehan. En medio de aquel pandemónium, se le distinguÃa aún en lo alto del pilar, cual grumete encaramado en la gavia. Se revolvÃa con una furia increÃble. TenÃa la boca desmesuradamente abierta y de ella escapaba un grito que no se oÃa, no porque quedase cubierto por el clamor general, por intenso que este fuera, sino porque sin duda traspasaba el lÃmite de los sonidos agudos perceptibles: las doce mil vibraciones de Sauveur o las ocho mil de Biot.