Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En cuanto a Gringoire, pasada la primera reacción de abatimiento, había recuperado el dominio de sí mismo y había desafiado a la adversidad. «Continuad», había dicho por tercera vez a sus comediantes, máquinas parlantes. Y mientras se paseaba dando zancadas por delante de la mesa de mármol, le asaltaba el deseo de aparecer también en la lucera de la capilla, aunque solo fuera para darse el gusto de hacerle una mueca a ese pueblo ingrato. «No, no, eso no sería digno de nosotros. ¡Nada de venganza! Luchemos hasta el final —se repetía—. El poder de la poesía sobre el pueblo es grande. Les haré volver. Ya veremos quién gana, si las muecas o las bellas letras.»
Por desgracia, él había seguido siendo el único espectador de su obra.
Y ahora era mucho peor que antes. Ya solo veía espaldas.
No, miento. El orondo hombre paciente al que ya había consultado en un momento crítico permanecía de cara al escenario. Gisquette y Liénarde, en cambio, habían desertado hacía un buen rato.
A Gringoire le llegó a lo más profundo del alma la fidelidad de su único espectador. Se acercó a él y le dirigió la palabra asiéndolo del brazo para zarandearlo ligeramente, pues el pobre hombre, apoyado en la balaustrada, estaba dormitando.
—Señor —dijo Gringoire—, muchas gracias.