Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿De qué? —contestó el hombre orondo, bostezando.
—Me doy cuenta perfectamente de lo que os molesta —respondió el poeta—. Todo ese ruido es lo que os impide escuchar a gusto. ¡Pero no os preocupéis! Vuestro nombre pasará a la posteridad. Por favor, ¿cómo os llamáis?
—Renault Château, guardasellos del Châtelet de ParÃs, para serviros.
—Señor, sois el único representante de las musas en esta sala —dijo Gringoire.
—Me hacéis demasiado favor, señor —repuso el guardasellos del Châtelet.
—Sois el único que ha escuchado la obra como es debido —prosiguió Gringoire—. ¿Qué os parece?
—Pues, en realidad, bastante entretenida —respondió el orondo magistrado, ya medio despierto.
Gringoire tuvo que conformarse con ese elogio, pues una tormenta de aplausos, unida a una prodigiosa aclamación, interrumpió de golpe su diálogo. HabÃan elegido al papa de los locos.
—¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! —gritaba el pueblo desde todas partes.