Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Era una maravillosa mueca, en efecto, la que resplandecía en ese momento en el agujero del rosetón. Después de todas las caras pentagonales, hexagonales y heteróclitas que se habían sucedido en la lucera sin hacer realidad ese ideal de lo grotesco formado en las imaginaciones exaltadas por la orgía, hacía falta para ganar como mínimo la mueca sublime que acababa de deslumbrar a la asamblea. El propio maese Coppenole aplaudió; y Clopin Trouillefou, que había competido —y Dios sabe la cota de fealdad que podía alcanzar su rostro—, se declaró vencido. Nosotros haremos lo mismo. No intentaremos que el lector se haga una idea de aquella nariz tetraédrica, de aquella boca en forma de herradura, de aquel ojillo izquierdo obstruido por una enmarañada ceja pelirroja, mientras que el derecho desaparecía por completo bajo una enorme verruga, de aquellos dientes desordenados con los bordes desportillados, como las almenas de una fortaleza, de aquel labio calloso sobre el que uno de esos dientes se superponía como el colmillo de un elefante, de aquel mentón hendido y, sobre todo, de la fisonomía extendida sobre todo esto, de esa mezcla de malicia, asombro y tristeza. Imagínese, si ello es posible, ese conjunto.
La aclamación fue unánime. Todos se precipitaron hacia la capilla y sacaron a hombros al bienaventurado papa de los locos. Pero fue entonces cuando la sorpresa y la admiración llegaron a su cenit. La mueca era su rostro.