Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs O más bien toda su persona era una mueca. Una voluminosa cabeza erizada de pelos rojos; entre los hombros, una joroba enorme que le deformaba también el pecho; un sistema de muslos y piernas tan extrañamente desviados que solo podÃan tocarse por las rodillas y, vistos de frente, parecÃan dos hoces unidas por el mango; unos pies anchÃsimos y unas manos monstruosas; y, con toda esa deformidad, cierto aspecto temible de vigor, de agilidad y de coraje. Una rara excepción de la regla eterna según la cual la fuerza, como la belleza, es resultado de la armonÃa. Asà era el papa que acababan de elegir los locos.
ParecÃa un gigante roto y mal soldado.
Cuando esta especie de cÃclope apareció en la puerta de la capilla, inmóvil, fornido y casi tan ancho como alto, «cuadrado en la base», como dice un gran hombre, el populacho lo reconoció de inmediato por su sobretodo mitad rojo y mitad morado, cuajado de campanillas de plata, y todavÃa más por la perfección de su fealdad, y exclamó con una sola voz:
—¡Es Quasimodo, el campanero! ¡Es Quasimodo, el jorobado de Notre-Dame! ¡Quasimodo el tuerto! ¡Quasimodo el patizambo! ¡Viva! ¡Viva!
El pobre diablo, ya se ve, tenÃa sobrenombres para dar y vender.
—¡Que se anden con ojo las mujeres preñadas! —gritaban los estudiantes.