Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

O más bien toda su persona era una mueca. Una voluminosa cabeza erizada de pelos rojos; entre los hombros, una joroba enorme que le deformaba también el pecho; un sistema de muslos y piernas tan extrañamente desviados que solo podían tocarse por las rodillas y, vistos de frente, parecían dos hoces unidas por el mango; unos pies anchísimos y unas manos monstruosas; y, con toda esa deformidad, cierto aspecto temible de vigor, de agilidad y de coraje. Una rara excepción de la regla eterna según la cual la fuerza, como la belleza, es resultado de la armonía. Así era el papa que acababan de elegir los locos.

Parecía un gigante roto y mal soldado.

Cuando esta especie de cíclope apareció en la puerta de la capilla, inmóvil, fornido y casi tan ancho como alto, «cuadrado en la base», como dice un gran hombre, el populacho lo reconoció de inmediato por su sobretodo mitad rojo y mitad morado, cuajado de campanillas de plata, y todavía más por la perfección de su fealdad, y exclamó con una sola voz:

—¡Es Quasimodo, el campanero! ¡Es Quasimodo, el jorobado de Notre-Dame! ¡Quasimodo el tuerto! ¡Quasimodo el patizambo! ¡Viva! ¡Viva!

El pobre diablo, ya se ve, tenía sobrenombres para dar y vender.

—¡Que se anden con ojo las mujeres preñadas! —gritaban los estudiantes.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker