Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —O las que tienen ganas de estarlo —añadÃa Joannes.
Las mujeres, en efecto, se tapaban la cara.
—¡Vaya mono más feo! —decÃa una.
—Y más malo que feo —añadÃa otra.
—Es el diablo —añadÃa una tercera.
—Tengo la desgracia de vivir al lado de la catedral y lo oigo rodar de noche por el canalón.
—Con los gatos.
—SÃ, siempre anda por los tejados.
—Nos echa conjuros por las chimeneas.
—La otra noche vino a hacerme muecas por la ventana. CreÃa que era un hombre. ¡Pasé un miedo…!
—Estoy segura de que va a los aquelarres. Una vez dejó una escoba en la puerta de mi casa.
—¡Ah! ¡Qué repugnante cara de jorobado!
—¡Ah! ¡Qué alma tan repulsiva!
—¡Puaf!
Los hombres, por el contrario, estaban encantados y aplaudÃan.
Quasimodo, objeto del tumulto, permanecÃa en la puerta de la capilla, de pie, taciturno y serio, dejándose admirar.