Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Un estudiante, Robin Poussepain creo que era, se acercó demasiado a él para reÃrse en sus narices. Quasimodo se limitó a cogerlo por la cintura y lanzarlo a diez pasos a través de la multitud sin decir una palabra.
Maese Coppenole, maravillado, se aproximó a él.
—¡Voto a Dios! ¡Por san Pedro! Tu fealdad es la más perfecta que he visto en mi vida. MerecerÃas el papado tanto en Roma como en ParÃs.
Mientras esto decÃa, le pasaba alegremente la mano por la espalda. Quasimodo no se movió.
—Me muero de ganas de ir de francachela contigo —prosiguió Coppenole—, aunque me cueste un doceno nuevo de doce torneses.[21] ¿Qué te parece?
Quasimodo no contestó.
—¡Voto a Dios! —dijo el calcetero—. ¿Acaso eres sordo?
Era sordo, en efecto.
Sin embargo, empezaba a impacientarse por los modales de Coppenole, y se volvió de repente hacia él con un rechinar de dientes tan formidable que el gigante flamenco retrocedió como un bulldog ante un gato.
Se formó entonces alrededor del extraño personaje un cÃrculo de terror y de respeto que tenÃa como mÃnimo quince pasos geométricos de radio. Una vieja le confirmó a maese Coppenole que Quasimodo era sordo.