Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Cuando Quasimodo vio que la celda estaba vacía, que la egipcia ya no estaba allí, que mientras él la defendía la habían raptado, se puso a tirarse del pelo con las dos manos y a patear el suelo con sorpresa y dolor. Luego echó a correr por toda la iglesia buscando a su gitana, profiriendo gritos extraños por todos los rincones y sembrando el suelo de cabellos rojos. Era justo el momento en que los arqueros del rey entraban victoriosos en Notre-Dame, buscando asimismo a la egipcia. Quasimodo los ayudó, sin sospechar, el pobre sordo, sus fatales intenciones; creía que los enemigos de la egipcia eran los truhanes. Él mismo condujo a Tristan l’Hermite a todos los escondites posibles, le abrió las puertas secretas, los dobles fondos de los altares y las sacristías. Si la desdichada hubiera estado todavía allí, él la habría entregado.