Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En ese momento, la madre, echada en el suelo, abrió los ojos. Sin proferir un grito, se incorporó con una expresión terrible y, como un animal sobre su presa, se abalanzó sobre la mano del verdugo y la mordió. Fue tan rápido como un rayo. El verdugo gritó de dolor. Acudieron en su ayuda y retiraron con dificultad su mano ensangrentada de entre los dientes de la madre. Esta guardaba un profundo silencio. La empujaron con bastante brutalidad y observaron que su cabeza caía pesadamente al suelo. La levantaron y cayó de nuevo. Estaba muerta.
El verdugo, que no había soltado a la muchacha, empezó a subir la escalera.