Nuestra Señora de París

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Henriet Cousin se detuvo con lo que arrastraba al pie de la fatal escalera y, casi sin respiración por la compasión que aquello le producía, pasó la cuerda alrededor del adorable cuello de la muchacha. La desdichada joven sintió el horrible contacto del cáñamo. Abrió los ojos y vio el brazo descarnado de la horca de piedra extendido por encima de su cabeza. Entonces forcejeó y gritó con una voz potente y desgarradora:

—¡No! ¡No! ¡No quiero!

La madre, cuya cabeza estaba enterrada y perdida bajo el vestido de su hija, no dijo una sola palabra; solo vieron temblar todo su cuerpo y la oyeron redoblar los besos que le daba a la joven. El verdugo aprovechó ese momento para desasir rápidamente a la condenada de los brazos que la estrechaban. Bien por agotamiento o bien por desesperación, la madre lo dejó hacer. Henriet Cousin se echó entonces a la joven sobre un hombro, desde donde la encantadora criatura caía doblada graciosamente por la cintura. Después puso un pie en la escalera para empezar a subir.




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