Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —SÃ, cariño mÃo, yo te defenderé —contestó la madre con una voz apagada, y, estrechándola fuertemente entre sus brazos, la cubrió de besos. Abrazadas en el suelo, la madre sobre la hija, ofrecÃan un espectáculo digno de compasión.
Henriet Cousin asió a la joven por debajo de sus bonitos brazos. Cuando ella notó el contacto de aquella mano, dejó escapar un gemido y se desmayó. El verdugo, que derramaba gruesas lágrimas sobre ella, trató de cogerla en brazos. Intentó apartar a la madre, que, por asà decirlo, habÃa anudado sus manos en torno a la cintura de su hija, pero estaba agarrada a ella con tanta fuerza que fue imposible separarlas. Henriet Cousin sacó entonces a la joven arrastrándola, y a la madre tras ella. Esta última también tenÃa los ojos cerrados.
El sol salÃa en ese momento y habÃa ya en la plaza una cantidad bastante considerable de gente que miraba desde cierta distancia lo que arrastraban por el suelo hacia el patÃbulo. Pues era esta una peculiaridad del preboste Tristan en las ejecuciones: tenÃa la manÃa de impedir que los curiosos se acercaran.
No habÃa nadie asomado a las ventanas. Solo se veÃa a lo lejos, en lo alto de la torre de Notre-Dame que domina la Grève, dos hombres que parecÃan mirar y cuya silueta negra se recortaba contra el cielo claro de la mañana.