Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París No intentaremos dar una idea de sus gestos, de su tono, de las lágrimas que sorbía mientras hablaba, de cómo juntaba las manos y se las retorcía, de las sonrisas conmovedoras, de las miradas anegadas, de los gemidos, de los suspiros, de los gritos miserables y sobrecogedores que mezclaba con sus palabras desordenadas, disparatadas e inconexas. Cuando calló, Tristan l’Hermite frunció el entrecejo, pero era para ocultar una lágrima que asomaba a sus ojos de tigre. Se sobrepuso, sin embargo, a esta debilidad y dijo, tajante:
—Es la voluntad del rey.
A continuación se inclinó y le dijo muy bajo a Henriet Cousin al oído:
—¡Acaba rápido!
El temible preboste sentía quizá que también a él le faltaba valor.
El verdugo y los soldados entraron en la celda. La madre no opuso ninguna resistencia; simplemente se arrastró hasta su hija y se echó sobre ella.
La egipcia vio a los soldados acercarse. El horror de la muerte la reanimó.
—¡Madre! —gritó con una angustia indescriptible—. ¡Madre, vienen a por mí! ¡Defendedme!