Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Mientras se acercaba, imaginaba que quizá la encontraría allí. Cuando, en el recodo de la galería que da al tejado de las naves laterales, vio el angosto cuartito con su ventanuco y su pequeña puerta, escondida bajo un gran arbotante como un nido de pájaro bajo una rama, al pobre hombre se le encogió el corazón y tuvo que apoyarse en un pilar para no caer. Imaginó que quizá había regresado, que seguramente un genio bueno la había llevado de vuelta, que aquel cuartito era demasiado tranquilo, demasiado seguro y demasiado encantador para que no estuviera allí, y no se atrevía a dar un paso más por miedo a que se desvaneciera su ilusión. «Sí —se decía a sí mismo—, tal vez esté durmiendo, o rezando. No la molestemos.»
Por fin hizo acopio de valor, se acercó de puntillas, miró y entró. ¡Vacía! La celda seguía vacía. El desventurado sordo la recorrió despacio, levantó la cama y miró debajo, como si la joven pudiera estar escondida entre el suelo y el colchón, meneó la cabeza y se quedó como alelado. De pronto aplastó furiosamente la antorcha con el pie y, sin decir una palabra, sin exhalar un suspiro, se precipitó de cabeza a toda velocidad contra la pared y cayó inconsciente al suelo.