Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Cuando volvió en sí, se echó en la cama, se revolcó, besó con frenesí el lugar todavía tibio donde la joven había dormido, se quedó unos minutos inmóvil como si fuera a expirar allí, pero luego se levantó, bañado en sudor, jadeante, trastornado, y empezó a golpear con la cabeza las paredes con la terrible regularidad del badajo de sus campanas y la resolución de un hombre que efectivamente quiere partírsela. Acabó desplomándose otra vez, extenuado; salió de la celda arrastrándose de rodillas y se acurrucó frente a la puerta, con una expresión de extrañeza.
Permaneció más de una hora sin hacer movimiento alguno, con la vista clavada en la celda vacía, más triste y pensativo que una madre sentada entre una cuna vacía y un ataúd lleno. No pronunciaba una sola palabra; tan solo, a grandes intervalos, un sollozo sacudía violentamente todo su cuerpo, pero un sollozo sin lágrimas, como esos relámpagos de verano que no hacen ruido.