Nuestra Señora de París

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Parece que fue entonces cuando, buscando en el fondo de su pensamiento desconsolado quién podía ser el inesperado raptor de la egipcia, pensó en el arcediano. Recordó que don Claude era el único que tenía una llave de la escalera que conducía a la celda, recordó sus tentativas nocturnas relacionadas con la joven, en la primera de las cuales él, Quasimodo, había colaborado, mientras que la segunda la había impedido. Recordó mil detalles, y muy pronto ya no tuvo ninguna duda de que el arcediano se había llevado a la egipcia. Sin embargo, era tal el respeto que profesaba al sacerdote, el reconocimiento, la entrega y el amor hacia ese hombre tenían tan profundas raíces en su corazón que, incluso en aquellos momentos, resistían el ataque de los celos y de la desesperación.

Pensaba que el arcediano había hecho aquello, y el deseo de sangre y de muerte que habría sentido contra cualquier otro, desde el momento en que se trataba de don Claude, se transformaba en el pobre sordo en incremento del dolor.

En el momento en que su pensamiento estaba concentrado en el sacerdote, cuando el alba empezaba a iluminar los arbotantes, vio en el piso superior de Notre-Dame, en el recodo que forma la balaustrada exterior que rodea el ábside, una figura que se desplazaba. Aquella figura iba hacia él. La reconoció. Era el arcediano.


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