Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Claude caminaba con paso grave y lento. No miraba hacia adelante al andar, se dirigía hacia la torre septentrional, pero su rostro estaba de lado, vuelto hacia la orilla derecha del Sena, y mantenía la cabeza alta, como si intentara ver algo por encima de los tejados. El búho adopta con frecuencia esta postura. Vuela hacia un punto y mira hacia otro. El sacerdote pasó, pues, por encima de Quasimodo sin verlo.
El sordo, a quien esta brusca aparición había dejado petrificado, lo vio desaparecer por la puerta de la escalera de la torre septentrional. El lector sabe que esa es la torre desde la que se ve el Ayuntamiento. Quasimodo se levantó y siguió al arcediano.
Subió la escalera de la torre por subirla, para saber por qué la subía el sacerdote. Por lo demás, el pobre campanero no sabía qué haría, qué diría, qué quería. Estaba lleno de furia y de miedo. El arcediano y la egipcia chocaban en su corazón.
Cuando hubo llegado a lo alto de la torre, antes de salir de la oscuridad de la escalera y entrar en la plataforma, observó con precaución dónde estaba el sacerdote. Don Claude le daba la espalda. Hay una balaustrada calada que rodea la plataforma del campanario. El sacerdote, cuyos ojos estaban clavados en la ciudad, tenía el pecho apoyado en el lado de la balaustrada que da al puente de Notre-Dame.
Quasimodo, avanzando sigilosamente por detrás de él, fue a ver lo que miraba con tanta atención.