Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Visto desde lo alto de las torres de Notre-Dame a la incipiente luz de un amanecer de verano, París es —y lo era todavía más el París de entonces— un magnífico y encantador espectáculo. Podía ser, aquel día, el mes de julio. El cielo estaba perfectamente sereno. Algunas estrellas tardías se apagaban en diversos puntos, y había una muy brillante hacia levante, en lo más claro del cielo. El sol estaba apareciendo en ese momento y París empezaba a ponerse en movimiento. Una luz muy blanca y muy pura hacía resaltar vivamente todos los planos que sus cientos de casas presentan a oriente. La sombra gigante de los campanarios iba de tejado en tejado de un extremo a otro de la gran ciudad. Había ya barrios que hablaban y hacían ruido. Un toque de campana aquí, un martillazo allá, más lejos el complicado traqueteo de una carreta en marcha. Algunas columnas de humo escapaban en diferentes puntos de toda aquella superficie de tejados, como por las fisuras de una inmensa solfatara. El río, que frunce sus aguas en los arcos de tantos puentes y en la punta de tantas islas, resplandecía en pliegues plateados. Alrededor de la ciudad, fuera de las murallas, la vista se perdía en un gran círculo de vapores algodonosos a través de los cuales se distinguía confusamente la línea imprecisa de las llanuras y el gracioso abultamiento de los collados. Toda clase de rumores flotantes se dispersaban por esa ciudad semidespierta. Hacia oriente, el airecillo matinal desplazaba por el cielo algunos mechones blancos arrancados de la melena de bruma de las colinas.


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