Nuestra Señora de París

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En el Atrio, algunas mujeres que llevaban la lechera en la mano comentaban con extrañeza los singulares destrozos de la puerta principal de Notre-Dame y los dos regueros de plomo incrustados en las junturas de las piedras. Era todo lo que quedaba del tumulto de la noche. La hoguera encendida por Quasimodo entre las torres se había apagado. Tristan ya había despejado la plaza y mandado arrojar los muertos al Sena. Los reyes como Luis XI procuran lavar enseguida el suelo después de una masacre.

Por fuera de la balaustrada de la torre, precisamente debajo del punto donde se había detenido el sacerdote, había una de esas gárgolas fantásticamente labradas en la piedra que adornan los edificios góticos, y en una grieta de esa gárgola dos bonitos alhelíes, agitados y como dotados de vida por el soplo del aire, intercambiaban alegres saludos. Por encima de las torres, arriba, muy al fondo del cielo, se oían lejanos cantos de pájaros.

Pero el sacerdote ni escuchaba ni miraba nada de todo eso. Era de esos hombres para los que no existen amaneceres, ni pájaros, ni flores. En aquel inmenso horizonte que adoptaba tan variados aspectos a su alrededor, su contemplación estaba concentrada en un único punto.


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