Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Quasimodo ardía en deseos de preguntarle qué había hecho con la egipcia. Pero el arcediano parecía estar en ese momento fuera del mundo. Se hallaba a todas luces en uno de esos minutos violentos de la vida en los que uno no notaría hundirse la tierra bajo sus pies. Con los ojos invariablemente clavados en un lugar determinado, permanecía inmóvil y en silencio; y ese silencio y esa inmovilidad tenían algo tan terrible que hacía temblar al salvaje campanero y le impedía romperlos. Se limitó —y era otro modo de interrogar al arcediano— a seguir la dirección de su rayo visual, y de esta forma la mirada del desgraciado sordo llegó a la plaza de Grève.
Así vio lo que el sacerdote miraba. La escalera estaba puesta junto al patíbulo permanente. Había algunas personas en la plaza y muchos soldados. Un hombre arrastraba por el suelo una cosa blanca a la que estaba agarrada una cosa negra. Ese hombre se detuvo al pie del patíbulo.
Entonces sucedió algo que Quasimodo no vio bien. No es que su ojo único hubiera perdido el alcance visual que siempre había poseído, sino que un pelotón de soldados le impedía distinguir el conjunto. Además, en ese instante apareció el sol, y por encima del horizonte rebosó tal oleada de luz que se habría dicho que todas las agujas de París, flechas, chimeneas, frontones, se incendiaban a la vez.