Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Mientras tanto el hombre empezó a subir la escalera. Entonces Quasimodo lo vio con claridad. Llevaba a una mujer al hombro, una muchacha vestida de blanco, y esa muchacha llevaba una cuerda alrededor del cuello. Quasimodo la reconoció.
Era ella.
El hombre llegó al final de la escalera. Allà ajustó el nudo. El sacerdote, para ver mejor, se puso entonces de rodillas sobre la balaustrada.
De pronto el hombre empujó bruscamente la escalera con el talón y Quasimodo, que contenÃa la respiración desde hacÃa ya unos instantes, vio balancearse en el extremo de la cuerda, a dos toesas del suelo, a la desdichada criatura y al hombre agachado con los pies sobre sus hombros. La cuerda dio varias vueltas sobre sà misma y Quasimodo vio que horribles convulsiones recorrÃan el cuerpo de la egipcia. El sacerdote, por su parte, con el cuello estirado y los ojos desorbitados, contemplaba ese grupo espantoso que formaban el hombre y la muchacha, la araña y la mosca.
En el momento más horrible de la escena, una risa demonÃaca, una risa que solo es posible tener cuando se ha dejado de ser un hombre, estalló en el rostro lÃvido del sacerdote. Quasimodo no oyó esa risa, pero la vio.