Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs El campanero retrocedió unos pasos por detrás del arcediano y, de repente, abalanzándose sobre él con furia, lo empujó por la espalda con sus grandes manos al abismo sobre el que don Claude estaba inclinado.
—¡Maldición! —exclamó el sacerdote, y cayó.
La gárgola sobre la que se encontraba lo detuvo en su caÃda. Se agarró a ella desesperadamente con ambas manos y, en el momento en que abrió la boca para proferir un segundo grito, vio asomar por el borde de la balaustrada, justo encima de su cabeza, el rostro formidable y vengativo de Quasimodo.
Entonces calló.
El abismo estaba bajo él. Una caÃda de más de doscientos pies, y el suelo.
En aquella terrible situación, el arcediano no pronunció una sola palabra, no emitió un solo gemido. Solo se retorció sobre la gárgola haciendo esfuerzos increÃbles para subir. Pero sus manos no lograban agarrarse al granito y sus pies rayaban la pared ennegrecida sin encontrar apoyo. Las personas que han subido a las torres de Notre-Dame saben que hay un saliente en la piedra justo debajo de la balaustrada. Era ahà donde se extenuaba el miserable arcediano. No se enfrentaba a una pared cortada a pico, sino a una pared que se escabullÃa bajo él.
Quasimodo no habrÃa tenido más que tenderle la mano para sacarlo del abismo, pero ni siquiera lo miraba. Miraba la Grève. Miraba el patÃbulo. Miraba a la egipcia.