Nuestra Señora de París

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El sordo había apoyado los codos en la balaustrada, en el mismo sitio donde un momento antes estaba el arcediano, y allí, sin apartar la mirada del único objeto que en ese momento existía para él en el mundo, permanecía inmóvil y mudo como un hombre fulminado, y un largo río de llanto fluía en silencio de aquel ojo que hasta entonces había vertido una sola lágrima.

El arcediano, mientras tanto, jadeaba. Su frente calva chorreaba de sudor, sus uñas sangraban sobre la piedra, sus rodillas se desollaban contra la pared.

Oía cómo su sotana, enganchada en la gárgola, crujía y se desgarraba cada vez que se movía. Para colmo de desgracias, aquella gárgola terminaba en un tubo de plomo que cedía bajo el peso de su cuerpo. El arcediano notaba que aquel tubo se iba doblando lentamente. Se decía, el miserable, que cuando sus manos estuvieran rotas de cansancio, cuando su sotana se hubiera desgarrado del todo, cuando ese tubo de plomo se hubiera doblado por completo, caería, y el pánico le invadía las entrañas. De cuando en cuando miraba enloquecido una especie de estrecho rellano formado, unos diez pies más abajo, por salientes de las esculturas y, en el fondo de su alma desesperada, pedía al cielo poder acabar su vida en aquel espacio de dos pies cuadrados, aunque tuviera que durar cien años. En una ocasión miró por debajo de él la plaza, el abismo; cuando levantó la cabeza, tenía los ojos cerrados y el cabello totalmente erizado.


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