Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Era aterrador el silencio de esos dos hombres. Mientras el arcediano agonizaba de aquella horrible forma a unos pies de él, Quasimodo lloraba y miraba la Grève.
El arcediano, viendo que todas sus sacudidas solo servían para debilitar el frágil punto de apoyo que le quedaba, decidió quedarse quieto. Estaba allí, abrazado a la gárgola, respirando apenas, sin hacer otro movimiento que esa convulsión maquinal del vientre que se siente en sueños cuando uno cree estar cayendo al vacío. Sus ojos, abiertos de un modo enfermizo, tenían la mirada perdida. Poco a poco, sin embargo, perdía terreno, sus dedos resbalaban por la gárgola, sentía cada vez más la debilidad de sus brazos y la pesadez de su cuerpo, la curvatura del tubo de plomo que lo sostenía se inclinaba milímetro a milímetro sin cesar hacia el abismo.
Veía bajo sus pies, cosa terrible, el tejado de Saint-Jean-le-Rond pequeño como un mapa doblado por la mitad. Miraba una tras otra las impasibles esculturas de la torre, suspendidas como él sobre el precipicio, pero sin sentir terror por ellas ni piedad por él. Todo era de piedra a su alrededor: ante sus ojos, los monstruos con la boca abierta; abajo, al fondo de todo, en la plaza, el empedrado; sobre su cabeza, Quasimodo llorando.
Había en el Atrio algunos grupos de curiosos que intentaban tranquilamente adivinar quién podía ser el loco que se divertía de tan extraña manera. El sacerdote les oía decir, pues sus voces llegaban hasta él claras y agudas: