Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París —¡Va a desnucarse!
Quasimodo lloraba.
Finalmente el arcediano, desbordante de rabia y de espanto, comprendió que todo era inútil. No obstante, hizo acopio de las fuerzas que le quedaban para realizar un último intento. Tensó el cuerpo para levantarlo sobre la gárgola, empujó la pared con las rodillas, se agarró con las manos a una grieta de la piedra y consiguió elevarse tal vez un pie, pero esa presión dobló bruscamente el tubo de plomo en el que se apoyaba. Al mismo tiempo, la sotana se rasgó del todo. Entonces, sintiendo que todo cedía bajo él, no teniendo ya más que sus manos rígidas y desfallecientes aferradas a algo, el infortunado cerró los ojos y soltó la gárgola. Cayó.
Quasimodo lo miró caer.
Una caída desde semejante altura raramente es perpendicular. El arcediano, lanzado al espacio, cayó primero con la cabeza hacia abajo y los brazos extendidos antes de dar varias vueltas sobre sí mismo. El viento lo empujó hasta el tejado de una casa, donde el desdichado empezó a destrozarse. Sin embargo, no estaba muerto cuando llegó a él. El campanero lo vio intentar agarrarse al frontón con las uñas. Pero el plano era demasiado inclinado y él ya no tenía fuerzas. Resbaló rápidamente por el tejado como una teja que se suelta y fue a rebotar contra el empedrado. Allí ya no se movió.