Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Quasimodo dirigió entonces la mirada hacia la egipcia, cuyo cuerpo, suspendido en el patíbulo, veía estremecerse a lo lejos bajo el vestido blanco en los últimos estertores de la agonía, luego la desplazó de nuevo hacia el arcediano, tendido al pie de la torre y ya desprovisto de forma humana, y dijo con un sollozo que surgió de lo más profundo de su pecho:
—¡Oh, todo lo que he amado!