Ultimo dia de un condenado a muerte
Ultimo dia de un condenado a muerte Frente a mÃ, una ventana estaba abierta de par en par. PodÃa oÃr risas que venÃan del muelle de las Flores; y, al borde de la ventana, una bella plantita amarilla, iluminada por un rayo de sol, jugaba con el viento en una hendidura de la piedra.
¿Cómo hubiera podido brotar una idea siniestra entre tantas sensaciones agradables? Inundado como estaba de aire y de sol, me resultó imposible pensar en algo distinto a la libertad; la esperanza vino a reverberar en mà como el dÃa a mi alrededor; y, confiado, esperé mi sentencia como se esperan la liberación y la vida.
Mientras tanto, mi abogado entró en la sala. Lo esperaban. Acababa de desayunar copiosamente y con buen apetito. Cuando llegó a su puesto, se inclinó hacia mà con una sonrisa.
—Tengo esperanzas —me dijo.
—¿De veras? —respondÃ, ligero y también sonriente.
—Sà —continuó—. TodavÃa no sé nada de su veredicto, pero sin duda habrán descartado la premeditación, y entonces será cosa de trabajos forzados a perpetuidad, nada más.
—Pero ¿qué dice, señor? —repliqué indignado—. ¡Prefiero cien veces la muerte!