Ultimo dia de un condenado a muerte
Ultimo dia de un condenado a muerte ¡SÃ, la muerte! «Y además —repetÃa no sé qué voz en mi interior—, ¿qué riesgo corro al decirlo? ¿Acaso una sentencia de muerte no se ha pronunciado siempre a medianoche, bajo la luz de las antorchas, en una sala sombrÃa y negra, en noches frÃas de lluvia y de invierno? Pero durante el mes de agosto, a las ocho de la mañana, en un dÃa tan bello, con unos jurados tan buenos… ¡Imposible!». Y mis ojos volvÃan a fijarse en la bella flor amarilla iluminada por el sol.
De súbito, el presidente, que sólo esperaba al abogado, me invitó a levantarme. La tropa presentó las armas; como empujada por un movimiento eléctrico, toda la asamblea se puso en pie al mismo tiempo. Una figura insignificante y nula, situada en una mesa debajo del tribunal —el escribano, creo que era—, tomó la palabra y leyó el veredicto que los jurados habÃan pronunciado en mi ausencia. Un sudor frÃo brotó de todos mis miembros; me apoyé contra la pared para no caer.
—Abogado, ¿tiene usted algo que decir sobre la aplicación de la pena? —preguntó el presidente.
Yo habrÃa tenido mucho que decir, pero nada me vino a la boca. La lengua se me quedó pegada al paladar.
El defensor se levantó.
Comprendà que intentaba atenuar el veredicto del jurado y sustituirlo por la otra pena, esa que tanto me habÃa molestado oÃrle pronunciar hacÃa unos momentos.