Ultimo dia de un condenado a muerte
Ultimo dia de un condenado a muerte Visto de lejos, este edificio tiene cierta majestad. Se despliega sobre el horizonte, al frente de una colina, y guarda a distancia algo de su antiguo esplendor, un aire de castillo real. Pero a medida que uno se acerca, el palacio se transforma en una casa en ruinas. Los aguilones degradados hieren la mirada. Un no sé qué de vergonzoso y de empobrecido ensucia estas fachadas reales, es como si los muros sufrieran de lepra. Nada de vidrieras, nada de cristales en las ventanas, tan sólo macizas barras de hierro entrecruzadas a las cuales se adhiere aquí y allá la pálida figura de un carcelero o de un loco.
Así es la vida vista de cerca.
V
Apenas llegué, unas manos de hierro se apoderaron de mí. Las precauciones se multiplicaron; nada de cuchillos, nada de tenedores para mis comidas; la camisa de fuerza, una especie de saco de lona, aprisionó mis brazos; aquí respondían por mi vida. Yo había recurrido en casación. Este oneroso asunto podía tardar seis o siete semanas, y era importante conservarme sano y salvo para la plaza de la Grève.