Ultimo dia de un condenado a muerte

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Todos los domingos, después de la misa, a la hora del recreo, me sueltan en el patio. Allí charlo con los detenidos: es necesario que lo haga. Son buena gente, esos miserables. Me relatan sus hazañas; es para horrorizarse, pero sé que se vanaglorian de ellas. Me enseñan a hablar el argot, a «rajar del mazo», como dicen. Es toda una lengua injertada en la lengua general como una especie de excrecencia espantosa, como una verruga. A veces tiene una energía singular, un pintoresquismo pavoroso: hay arrope sobre la carretera (sangre sobre el camino), casarse con la viuda (morir ahorcado), como si la cuerda de la horca fuera la viuda de todos los ahorcados. La cabeza de un ladrón tiene dos nombres: la sorbona, cuando medita, razona y aconseja el crimen; el tronco, cuando la corta el verdugo. A veces, esa lengua adquiere un espíritu de vodevil: una cachemira de mimbre (un cuévano de trapero), la mentirosa (la lengua); así, por todas partes, a cada momento, palabras curiosas, misteriosas, feas y sórdidas, venidas de no se sabe dónde: el chirona (el verdugo), la veleta (la muerte), la encartelada (la plaza de ejecuciones). Sapos y arañas, se podría decir. Cuando uno oye hablar esta lengua, siente el efecto de algo sucio y podrido, como si le hubieran lanzado al rostro un rebujo de harapos malolientes.



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