Ultimo dia de un condenado a muerte
Ultimo dia de un condenado a muerte Al menos, estos hombres me compadecen, y son los únicos. Los carceleros, los guardianes, los llaveros —no se lo reprocho— conversan y rÃen, y hablan de mÃ, delante de mÃ, como de una cosa.
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Me dije:
«Puesto que tengo los medios para escribir, ¿por qué no habrÃa de hacerlo?». Pero ¿qué escribir? Preso entre cuatro murallas de piedra desnuda y frÃa, sin libertad para mis pasos, sin horizonte para mis ojos, ocupado durante el dÃa entero, como única distracción, en seguir la lenta marcha de ese cuadrado blancuzco que la mirilla de mi puerta dibuja sobre la oscura pared de enfrente, y, como decÃa hace un momento, totalmente solo con una idea, una idea de crimen y castigo, de asesinato y de muerte. ¿Puedo tener algo que decir, yo que ya nada tengo que hacer en este mundo? Y ¿qué encontraré en este cerebro marchito y vacÃo que valga la pena de ser escrito?