Ultimo dia de un condenado a muerte
Ultimo dia de un condenado a muerte Abrà los ojos y me incorporé, asustado. En ese instante, a través de la ventana alta y estrecha de mi celda, vi, en el techo del corredor vecino —único cielo que me estaba permitido entrever— ese reflejo amarillo en el cual los ojos acostumbrados a las tinieblas saben reconocer el brillo del sol. Me gusta el sol.
—Hace un buen dÃa —le dije al carcelero.
Permaneció un instante sin responderme, como si no estuviera seguro de que valiera la pena gastar una sola palabra; al fin murmuró bruscamente, y sin esfuerzo alguno:
—Puede ser.
Permanecà inmóvil, la mente medio dormida, la boca sonriente, los ojos fijos en aquella dulce reverberación dorada que jaspeaba el techo.
—Qué dÃa más bello —repetÃ.
—Sà —contestó el hombre—. Le están esperando.
