Ultimo dia de un condenado a muerte
Ultimo dia de un condenado a muerte Estas breves palabras, como el hilo que rompe el vuelo del insecto, me devolvieron violentamente a la realidad. De nuevo vi, como en la luz de un relámpago, la sala sombría del tribunal, la hilera de los jueces cargados de harapos ensangrentados, los tres rangos de testigos con sus expresiones estúpidas, los dos gendarmes en los dos extremos de mi banco, y vi las túnicas negras agitarse, y las cabezas de la multitud hormiguear entre las sombras del fondo, y cómo se detenía sobre mí la mirada fija de esos doce miembros del jurado que habían permanecido despiertos mientras yo dormía.
Me levanté; me castañeteaban los dientes, las manos me temblaban y no sabían encontrar mi ropa, mis piernas se sentían débiles. Al primer paso tropecé como un mozo de cuerda demasiado cargado. Sin embargo, seguí al carcelero.
Los dos gendarmes me esperaban tras el umbral de la celda. Volvieron a ponerme las esposas. Tenían una pequeña cerradura complicada que los gendarmes cerraron con cuidado. Les dejé hacer: aquello era una máquina puesta sobre una máquina.
Cruzamos un patio interior. El aire fresco de la mañana me reanimó. Miré hacia arriba. El cielo era azul, y los rayos cálidos del sol, cortados por las largas chimeneas, trazaban grandes ángulos de luz sobre los remates de los muros altos y sombríos de la prisión. En efecto, hacía un buen día.
