Ultimo dia de un condenado a muerte
Ultimo dia de un condenado a muerte Subimos por una escalera de caracol; atravesamos un corredor, después otro, después un tercero; a continuación una puerta baja se abrió. Un aire caliente mezclado con ruido me golpeó el rostro; era el soplo de la multitud en la sala de Audiencias. Entré.
En el momento de mi aparición hubo un rumor de armas y de voces. Los bancos se desplazaron ruidosamente. Los tabiques crujieron; y, mientras recorría la larga sala entre dos masas de gente emparedadas entre soldados, me pareció ser el eje al cual se ataban los hilos que movían todas aquellas caras inanimadas y torcidas.
En este instante me percaté de que ya no llevaba esposas; pero no pude recordar dónde ni cuándo me las habían quitado.
Entonces se hizo un gran silencio. Había llegado a mi lugar en la sala. Cuando el tumulto cesó en la multitud, cesó también en mis ideas. Comprendí de golpe y con claridad lo que hasta entonces sólo había entrevisto confusamente: que el momento decisivo había llegado, y que me encontraba allí para escuchar mi sentencia.
